miércoles, 11 de octubre de 2023

 



U2, la Esfera y Las Vegas 

Bono está cansado o el temor de U2 de ofrecer el mejor concierto de rock de su historia. 

 “Elvis durmió aquí” dice un letrero sobre Las Vegas Blvd., en el centro de la ciudad, que apunta hacia un hotel que seguramente habrá visto días mejores, porque si Elvis durmió por aquí es probable que no se veía tan feo y decadente como se ve ahora.  


En la imaginación de muchos, Las Vegas era ese lugar donde los cantantes y las bandas se iban a retirar, a pasar sus últimos días, a apagarse. Como esos animales que heridos de muerte o presintiendo el final de sus días, se alejan de la manada a morir en la soledad. Aquellos que antes habían gozado de fama y fortuna, que habían llenado estadios y arenas, ahora pasaban sus últimos días actuando para un público ecléctico que venía a Las Vegas a verlos, más como un acto de curiosidad, para atestiguar su lenta agonía. 


 Por eso cuando nos enteramos de que U2 tendría una “residencia” en Las Vegas se encendieron las alarmas: ¿ya no volverán a hacer una gira? ¿ya se van a jubilar? Sobre todo, considerando que algunas de las más famosas residencias han durado años. Después de ver a Bono el sábado pasado, no sólo aumentó el temor de que no habrá más giras, sino que tampoco van a durar mucho en The Sphere. Bono está cansado y no se ve que esté dispuesto a hacer este show por mucho tiempo. Aunque The Edge y Adam Clayton hacen su mejor esfuerzo, Bono, que antes era la energía de la banda, el de los discursos para salvar al mundo, el de las improvisaciones, el de los covers, ahora se nota agotado, aburrido, lento, por momentos parece que sólo quiere que la canción se acabe, que el show termine. 


Eso también hace que en ocasiones The Sphere, con su impresionante domo de HD, les robe el show, que sea más importante que U2. Eso debería ser algo difícil de manejar para un cantante mesiánico como Hewson, pero parece que ya no le importa. El baterista emergente hace su mejor esfuerzo, pero obviamente no está al mismo nivel ni posee la misma mística. Aunque el público es benévolo y le da la bienvenida a la familia, queda claro que Bram Van den Berg no es Larry Müllen Jr. 

El venue por sí mismo te deja sin aliento: los gráficos, la sincronización y el concepto de este tour es simplemente magnífico, como todas las ejecuciones a las que nos tiene acostumbrados el equipo de ingenieros que acompaña a U2 en sus giras. Sin embargo, todo el potencial de The Sphere se utiliza más o menos el 50% del concierto. La otra mitad del tiempo vemos a la banda tocando sus canciones normal, montada en el escenario minimalista -que también es una pantalla- creado a partir del concepto del tornamesa de Brian Eno. Paréntesis: dudamos que tendría una aplicación práctica esa atmósfera “conceptual” de luz y sonido -peculiar por decir lo menos- que nos recetó Eno en el Anahuacalli de la Ciudad de México hace varios años. De haber sabido que nos estaba preparando para U2-UV le hubiéramos puesto más atención. 



Las canciones del Achtung Baby siguen sonando, hay momentos mágicos y melancólicos con WGRYWH y So cruel, no en balde han transcurrido 30 años desde que esta música se incorporó al soundtrack de la película de nuestras vidas. Sin embargo, las ejecuciones de U2 suenan más a compromiso, sobre todo si lo comparamos con las extraordinarias entregas de EBTTRT en la gira 360º o The fly en la gira Elevation. Así que está uno con ese deseo del momento magistral que no llega cuando de repente la banda se detiene y sin empacho Bono dice: "bueno ¿saben qué? ahora les vamos a tocar unas canciones del Rattle & Hum". 


¿Quéee? Paradójicamente el Rattle & Hum fue el álbum del que se querían despegar cuando sacaron AB hace 30 años. ¡¿Por qué mirar hacia atrás y recetarnos una lista de canciones con guitarra acústica cuando estamos en The Sphere?! Muchos pensamos que muchas canciones de Zooropa hubieran lucido estupendas en esta ocasión, pero no. La banda está en la mejor catedral para conciertos de rock que jamás se haya construido y entran en ella, pero mirando hacia atrás. 



Como es ya una tradición en todos los conciertos, la banda tocó nuevamente Pride, Where the streets, etc. Hay canciones que hubieran sido excelentes selecciones para The Sphere: The blackout; Daddy’s gonna pay; City of blinding lights; Original of species; The miracle of Joey Ramone; etc. U2 tuvo miedo de ofrecer el mejor concierto de rock de su historia. Parece que la única canción que le entusiasma cantar a Bono su más reciente: Atomic City, que desde el principio nos sonaba a post punk o pre new wave; y que el coro evocaba Call me de Blondie. Después supimos que Debbie Harry aparece en los créditos.

El concierto sigue con momentos mágicos que aprovechan la pantalla envolvente de The Sphere y que lo dejan a uno pegado a la butaca con los sentidos en éxtasis. Pero fuera de esos momentos, el concierto transcurre con prisa, se acaba y uno se queda con la sensación de que esta vez no hubo esa conexión que antes había. Tal vez es la falta de baterista, tal vez Bono está deprimido, tal vez es el público que no responde. Ese público, boomers y x’ers, con alta solvencia económica: algunos de mis compañeros han visto el concierto dos veces ya. Gente de todo el mundo hablando todos los idiomas irreconocibles y los familiares como el francés, italiano y japonés. Pero igualmente molesto e incómodo la cantidad de personas que abandonan su lugar para ir a comprar algo de tomar o de comer o para ir al baño, después de todo, la mayoría de los asistentes ya somos casi adultos mayores. 
     




El concierto se acaba. Finalmente, Louis Armstrong nos recuerda lo maravilloso que es el mundo, con sus animales, los colores del arcoíris, el cielo azul y las amistades que nos saludan con una sonrisa. Es verdad, Louis no menciona a bandas de rock irlandesas ni esferas hi tech. Es por ello por lo que quizás el siguiente show de U2 será a la antigüita, sin depender tanto de la tecnología y dejándonos ver el talento que los ha llevado a ser las super estrellas que antes iban por el mundo a cantar para sus fans, y ahora son capaces de hacer que sus fans vengan de todo el mundo, a Las Vegas, a verlos tocar.

martes, 21 de septiembre de 2021

Pensamientos de un obituario

He encontrado canciones

en los poemas de un hombre

que ve la vida 

con la claridad que da

tener cerca la muerte

domingo, 5 de septiembre de 2021

Conciliar el corazón político

México pasa por uno de los momentos más tristes y oscuros de su historia. Una facción política con intenciones cuestionables, deficiente preparación e intereses egoístas, se ha instalado en la dirección de los poderes de la Unión. A pesar de la evidente decadencia de la administración pública federal (la lista de errores es ya una letanía que a los mismos detractores nos comienza a aburrir), hay muchas personas que, por interés o por ignorancia, se empeñan en defender al actual Gobierno de México. 

Dije “por interés o ignorancia” a propósito porque hay un elemento más que podría justificar el que algunas personas con suficiente educación, integridad y sentido común se nieguen a ver la realidad de destrucción y miseria a la que arrastra al país el partido político de un solo hombre, perverso y amargado. 

Algunas de esas personas -que llamaremos negacionistas- son queridas para mí. Los vínculos de afecto que me unen a ellos hacen que nuestras diferentes visiones del gobierno parezcan insignificantes. Y sin embargo, esas diferencias podrían tener el poder de distanciarnos y hacer que nuestra unidad se enfríe. 

Muchas veces he pensado que no es justo que el desempeño de un político mitómano y mediocre perjudique mi amistad y algunas de las relaciones más entrañables con amigos y familiares.

Es por ello que estoy escribiendo este artículo, porque siento que cuando esta pesadilla termine volveremos a buscarnos y debemos estar preparados para superar este momento sin que ello se convierta en un obstáculo para seguir construyendo un futuro feliz. 


Por interés o ignorancia

Muchas personas tienen interés en que el actual gobierno se mantenga así como está porque reciben un beneficio económico, al igual que recibieron beneficios de otros gobiernos en otras épocas. Son vividores pegados como sanguijuelas a la estructura del poder, que parasitan el cuerpo decadente de la Hacienda pública. Apellidos conocidos durante años, los mismos políticos, los mismos zánganos y uno que otro arribista. 

Hay quienes también tienen interés porque reciben un beneficio económico, pero de una escala mucho menor que los primeros. Son los que están suscritos a algún programa asistencial, que les resuelve una necesidad básica inmediata por un día o unas horas. Son los que hacen filas para recibir una cobija, una playera, una gorra o cualquier baratija. Son los que venden sus aplausos por una torta o una despensa. Son los que se debaten entre la dignidad y la comodidad de extender la mano para recibir una mísera dádiva, unos pesos que ni siquiera justifican el tiempo invertido en el “evento”, en el transporte, en la malpasada, ni en el olvido del que serán objeto hasta la próxima vez que el gobierno los “necesite”. 

Muchos de estos últimos viven en la encrucijada del interés y la ignorancia. Su falta de preparación y de oportunidades, su falta de recursos y condición mendigante hacen que vean la limosna como un alivio y confundan la mezquindad de los políticos con generosidad.

Para los ignorantes, el presidente es una persona que está allí porque fuerzas superiores, extrañas y desconocidas, le han seleccionado para ser el más sabio, el más capaz, el más fuerte. Para los ignorantes, el gobierno es una entidad que está en todas partes, que tiene un poder infinito para intervenir y resolver los problemas -desde los más comunes como el costo del transporte público, el precio del huevo y las tortillas; hasta los más elaborados como ayudarles a encontrar atención médica especializada o protegerlos de desastres naturales- y ve a quienes gobiernan como un grupo de personas preparadas, bondadosas e infalibles, gente que está ahí porque es la única calificada para gobernar. 


El corazón político

Pero hay un grupo de personas -donde hay gente que estimo y aprecio- que no tiene interés ni es ignorante. Y sin embargo defienden con vehemencia al gobierno actual y su presidente. 

Son aquellos que en algún momento de sus vidas pusieron el corazón en una ideología; invirtieron su capital emocional en la afiliación con los ideales de justicia, fraternidad, libertad y los cristalizaron en la aspiración de un régimen que algún día llegaría. 

Cuando las personas se enamoran suelen colocar sus deseos y aspiraciones en el ser amado, aunque éste en realidad no posea esas cualidades; a los enamorados les gusta pensar que esa persona es la encarnación de lo que siempre han querido y en consecuencia le entregan su corazón. 

Lo mismo sucede con los que en algún momento de su vida entregaron su corazón político a una persona o corriente política que parecía alinearse con sus deseos y aspiraciones de un México mejor. 

Algunos de ellos ya se dieron cuenta que el Gobierno de México y su prometida transformación son un fracaso. Sin embargo se niegan a reconocer la realidad; les cuesta aceptar que se equivocaron, porque lo que está en juego va más allá de la capacidad de enfrentarse a los datos duros, comparar y emitir un juicio sensato… lo que está en juego es su corazón. 

El político “redentor” en el que depositaron su esperanza ha resultado una farsa. El “movimiento” al que apostaron su voto, ha fallado. 

No obstante, para reforzar su creencia, se dicen a sí mismos que tal vez se necesita más tiempo para “empezar a ver resultados”; que tal vez la oposición es más fuerte que el deseo del líder de que las cosas cambien; que hay mala fe de los medios de comunicación para señalar lo malo; que probablemente las cosas en realidad estaban peor de lo que se pensaba y que por eso no alcanzarán seis años para arreglarlo todo. Etcétera.

Al escucharlos puedo percibir que no tratan de convencerme más de lo que tratan de convencerse a sí mismos ¿cómo podrían renunciar a lo que creen y a lo que aman? ¿Cómo podrían negarlo?

Nadie quiere quedarse a mitad de la calle con su corazón roto sin un lugar dónde ponerlo. Es un poco el síndrome de la esposa golpeada, y el síndrome de Estocolmo, y el del alcohólico… me hace mal pero me hace bien.

Un día, cuando esta pesadilla de gobierno acabe, tendremos que conciliar el corazón político y entender que nuestros amigos le entregaron el suyo a la persona equivocada. Quizás pasarán muchos años pensando en las mil posibilidades de que las cosas hubieran salido como ellos esperaban y quizás algunos seguirán siendo negacionistas, pero ello no deberá detenernos para reparar y reconstruir el México que todos queremos, ni mucho menos deberá interponerse entre nuestro afecto y las personas a quienes siempre ha estado destinado.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

La enfermedad de las imágenes



 





Primera parte

Los ojos son la ventana por la cual entra la luz a nuestra vida. A través de la vista cobramos conciencia de dónde estamos. Gracias a la visión podemos asociar colores, formas, lugares, nombres, etcétera, para enriquecer esta experiencia individual llamada Vida. 
El acto de ver sucede en dos momentos: cuando se captura la imagen y cuando le damos significado. Lo primero pasa en los ojos, esas esferas maravillosas capaces de captar diferentes longitudes de onda, de enfocar, de ver la profundidad y la superficie. Lo segundo sucede en la mente, donde esa imagen llega por medio de impulsos eléctricos para ser interpretada, analizada, preservada o desechada. 
Las imágenes que forman parte de nuestros recuerdos no permanecen en los ojos, sino en algún lugar de nuestro cerebro donde está la memoria. Por eso, en ocasiones basta con cerrar los ojos y pensar en un recuerdo para “verlo” nuevamente en nuestra mente. 
Un atardecer, la playa, nuestros hijos cuando eran pequeños, nuestros padres que han muerto, la mirada de la persona a quien amamos y que nos amó… las imágenes permanecen ahí. Cruzaron el umbral de los ojos y se instalaron en nuestra mente para siempre.
¿Qué pasaría si tuviéramos una máquina que sustituyera el trabajo que realizan los ojos y que fuera capaz de instalar directamente en nuestro cerebro esos pulsos electromagnéticos que conforman las imágenes? Funcionaría como una grabadora de los procesos que se dan en nuestro cerebro en el acto de ver y luego al conectarla al cerebro de otra persona, replicaría la experiencia de ver. 
Sería una máquina que ayudaría a los ciegos a ver, por ejemplo. Pero qué tal si nos conectamos a esa máquina mientras dormimos y entonces podemos “grabar” lo que nuestro cerebro “vió” mientras dormíamos. Podríamos ver nuestros sueños. 
Este fue el plantemiento de la película de Wim Wenders, Hasta el fin del Mundo, situada en en un futuro pasado, donde una persecución por todo el mundo, concluye en un laboratorio oculto en Australia, donde una máquina como la descrita, hace posible que las personas vean sus recuerdos y sus sueños. 
¿Verías los sueños de tu esposo o esposa? ¿Verías los sueños de tus hijos? ¿Tendríamos derecho?
En la película de Wenders, la posibilidad de ver los sueños constituye una revelación, lo mismo magnífica que devastadora. Las personas ya no hacen otra cosa que dormir para soñar y cuando están despiertos, ven sus sueños… y a veces, sueñan con sus propios sueños. De modo que cuando a Claire -la protagonista de la película- se le agotan las baterías para ver sus sueños y sus recuerdos en su dispositivo personal, experimenta una especie de síndrome de abstinencia, del cual parece imposible que saldrá y que la llevará a la locura.
Sin embargo, Claire logra rehabilitarse al leer su propia historia, vista a través de Eugene un escritor y su ex pareja, pero que ahora es sólo su amigo que la acompaña -a veces de cerca, a veces de lejos- en su travesía hasta el fin del mundo, mientras ella, a su vez, persigue a Trevor, un hombre que vio un día y del cual quedó irremediablemente enamorada. 
Al final de la película nadie se queda con el amor de su vida y una melancólica canción de Robbie Robertson nos arranca sin previo aviso, recuerdos que no sabíamos que estaban instalados en el corazón. 













lunes, 13 de julio de 2020

Estar enfermo de COVID

 Todo empezó como un resfriado. “Creo que tengo una infección en la garganta y debo ir al doctor”. Voy al médico un par de veces al año, únicamente cuando creo que es necesario que me recete antibiótico. Pensé que esta vez sería una de esas visitas.
Me recetaron antibiótico y corticoesteroide intramuscular, así como un antibiótico adicional tomado. Y un jarabito para la tos.
Estoicamente seguí la receta, casi nunca reparo en qué es o para qué sirve lo que me manda el doctor. Lo que no sabía es que éste era el tratamiento que me estaba preparando para lo que vendría. Al finalizarlo ese fin de semana, sentí una súbita recuperación y pensé que podría cantar victoria. Estaba equivocado.
El sábado por la noche y el domingo durante todo el día tuve una fiebre desesperante y malestar general. Dicho malestar parecía agravarse minuto tras minuto. Como sobreviviente del dengue, lo puedo comparar a cómo se siente uno en esas primeras etapas en que te ataca el quebrantahuesos.
No me había sentido tan mal por una enfermedad desde hace más de 25 años. Pensé que dormir un poco me ayudaría. Traté de descansar, pero al incorporarme poco tiempo después, me sentía mucho peor. Traté con un par de antipiréticos pero no me hicieron ningún efecto. El tiempo pasaba y me sentía cada vez peor. “Creo que esto es serio”, pensé.
Una de las peores noches que he pasado enfermo fue la de ese domingo para el lunes. Me sentía morir. No imaginariamente. Pensé que de pronto mi cuerpo iba a dejar de resistir. Lo peor es que no tenía escurrimiento nasal ni diarrea ni ningún otro síntoma que me ayudara a identificar dónde estaba la enfermedad.
En la desesperación, el lunes fui a ver a otro doctor, quien confirmó por todos los síntomas que tenía neumonía. “Y en un contexto de la pandemia que estamos viviendo, lo más probable es que su neumonía sea covid 19, sólo hay que hacer la prueba para confirmarlo”, dijo.
Para ese momento ya me sentía débil, el malestar general no cedía y se me había quitado el hambre. Fui a hacerme una placa de tórax esa misma tarde e hice la cita en el laboratorio para la prueba de Covid. No hay pruebas inmediatas. Sólo por cita y los resultados tardan más de 24 horas. Y es carísima.
Todavía me faltarían un par de días con fiebre. De pronto el aire empezó a hacerme falta. Me agitaba mucho con cualquier esfuerzo, por mínimo que fuera. Hablar o subir escalones, por ejemplo, requería por lo menos unos 3 minutos para recuperar mi aliento.
El martes empecé con diarrea… pero afortunadamente en la noche ya no tuve fiebre. El doctor me había dicho que esperara diarrea y dificultad para respirar. Qué síntomas tan extraños juntos.
El miércoles empecé con un dolor en la espalda. Lo comparo a cuando tienes una infección en los riñones, sólo que este dolor en particular abarcaba una extensión mayor de la espalda. La noche del miércoles otra vez dormí a intervalos por esa molestia. El jueves el dolor fue insoportable a lo largo del día. Sin embargo, de repente, el viernes en la mañana el dolor había disminuido muchísimo. Y se fue.

El sábado en la mañana, al despertar, aspiré profundamente por primera vez en varios días y me sentí bien al sentir cómo mis pulmones se llenaban de aire. Pensé que ya estaría bien a partir de ese momento. Pero en el transcurso de la mañana volví otra vez a sentir esa incapacidad para respirar.
Ese mismo sábado fui a ver a la neumóloga, con mis resultados de covid positivos y con la placa de tórax. Afortunadamente -dijo- mi padecimiento era de los “leves”, por lo que me auguró una recuperación con cuidados mínimos en las siguientes semanas.

¿Leve? Y yo que sentía que me iba a morir.
Todavía el siguiente domingo tuve fiebre nuevamente y diarrea… pero esta vez ya los esperaba venir porque la doctora lo anticipó. Así que sólo traté de descansar y tomé paracetamol.

En general siento que recupero mis fuerzas y me incorporo para trabajar un rato en mi computadora. Es cuestión de 10 a 15 minutos, cuando siento ese cansancio en mis ojos y en mi espalda que hacen que me recueste nuevamente. A veces me quedo dormido algunos minutos. Así transcurren estos días de encierro.

Hay varios detalles que he omitido como los episodios de depresión o las consultas con otros médicos, la sed insaciable que tuve algunos días. Hoy, en el día 14, tuve mucha hambre en el desayuno así que hice un par de huevos revueltos con frijolitos negros y dos tortillas. Sentí que volví a nacer.